¡Shhh! Los bares silenciosos

Por Bartolomé Delmar

¿Recuerdas cuando la Prohibición al alcohol azotó a Springfield? Cuando Homero y los suyos no podían beber una gota de alcohol, convirtiendo al patriarca de los Simpson en uno de los grandes capos de la venta ilegal de bebidas embriagantes. En ese mismo capítulo —Homero contra la prohibición— el bar de Moe se convierte, si la memoria no me falla, en una supuesta tienda de mascotas. Al menos, eso sucede cuando viene a visitarlos la policía; una palanca hace que la barra y todos los elementos de la taberna se hundan en el suelo y aparezcan, de la nada, jaulas con gatos y perros para reemplazarlos. Los que ahí se encuentran guardan el alcohol detrás de las espaldas y, ¡pum!, todos felices.

Pues la taberna de Moe, en ese capítulo, es lo que define propiamente lo que es un speakeasy (cuya traducción al castellano, no literal, podría ser algo así como “te lo digo, pero bajita la mano”). Es decir, todos esos lugares que durante la Prohibición en los Estados Unidos —en la década de los 20— servían alcohol, pero no se pronunciaban como locales comerciales en la vía pública. Bares clandestinos, vaya.

La poesía se encargó en su momento de darles otros nombres: además de speakeasy, se les conocían como “bares ciegos”, “tigres ciegos” (para evitar el uso de la palabra “bar”) o “cerdos ciegos”. En todos los casos se trataban de formas de apelar a la discreción del lugar para que no cayera en él todo el peso de la ley.

Generalmente eran lugares comunes y corrientes, sin ningún appeal especial. No tenían entretenimiento, grandes decoraciones o bebidas muy sofisticadas. Servían lo que hoy se conoce como moonshine, una especie de whiskey casero, que de milagro no dejó ciega a la mayoría de la población estadounidense durante esos años.

En este sentido, mantuvieron siempre un dejo de simpleza que poco a poco los hizo ser espacios de mayor sofisticación que, digamos, un cabaret o un burdel clandestino; en éstos también se servía alcohol, pero la ilegalidad de todas sus otras actividades (prostitución, juego y lenocinio) las hacían caer ya en mundos un poco más bajos.

Con la abolición de la Prohibición, los speakeasy ya no tuvieron demasiado sentido. Desaparecieron y fueron reemplazados por los formatos de bar que conocemos hoy día: ruidosos, llenos de madera, música de los 90 y universitarios parados alrededor de la barra. Mucha cerveza, algunos cocteles, cacahuates y muy poco glamour.

Quizá por esta condición mundana y falta de elegancia es que, en los albores del surgimiento de la clase hípster y el deseo desesperado por crear y vivir experiencias únicas, se comenzó a juguetear, de nuevo, con la idea de los speakeasy.

No porque el alcohol fuera ilegal, o porque se permitieran ahí otras actividades ilegales, sino por el aura de exclusividad y elegancia que podía sentirse en un bar que muy pocos conocieran.

Fue así como grandes mansiones del siglo XIX, muchas veces derruidas por la modernidad, comenzaron a convertirse, en Brooklyn, la Ciudad de México y Londres, en los nuevos espacios de estilo y elegancia a la hora de consumir bebidas alcohólicas. Llenos de salones barrocos y decoraciones entre modernísimas y muy clásicas, estos espacios fueron además reviviendo la tradición de la coctelería clásica de principios de siglo XX, misma que se había creado, justamente, por las limitantes de la Prohibición; era más barato, por ejemplo, hacer un Manhattan que servir un vaso de ginebra derecho.

Así, los speakeasy se han vuelto ya un concepto de experiencia más que una necesidad legal. Uno aprende de ellos por invitaciones exclusivas de un amigo que conoce a un amigo de un amigo que es el dueño, y se emprende así una aventura al menos divertida en una de las grandes casonas de la colonia Roma.

El reto está en descifrar en dónde se encuentran. Pero esa parte de la aventura se la dejamos al lector.