Winston Churchill y su afición al whisky

La pregunta de si Winston Churchill tenía un problema con el alcohol es hasta insultante. Un tipo de esa magnitud histórica, que ganó la Segunda Guerra Mundial desde su cama (es famoso que gustaba trabajar en los momentos de mayor tensión sin pararse del catre), estaba en su absoluto derecho de beber unas cuantas gotas de elixir divino sin ninguna exigencia.

Varios momentos de su vida demuestran cómo Churchill, desde joven, no solo nunca tuvo un problema con la bebida, sino que su bienestar y balance mental en mucho se ajustaba a la bebida, en especial el mejor whiskey posible.

Winston comenzó su carrera como un corresponsal de guerra mientras tenía lugar la llamada Segunda Guerra de los Boer en la actual Sudáfrica, entre la Gran Bretaña, la República de Sudáfrica y la República libre de los Boer.

El conflicto importa poco para nuestro anecdotario, de hecho importa poco lo que Churchill hizo en él, más allá de su absoluta astucia por el contrabando de alcohol: para llevar a cabo su misión periodística, Winston pidió permiso para meter 36 botellas de vino, 18 botellas de whisky y 6 botellas de brandy a la línea de fuego y desde ahí escribir.

El único momento de escándalo para quien fuera Primer Ministro de la Gran Bretaña fue cuando se dio cuenta que casi olvidaba las botellas de brandy, “necesarias para cualquier dieta balanceada”.

Quizá la leyenda del Churchill bebedor comenzó a partir de un breve diálogo con Nancy Astor, la primera mujer participante en la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico. El intercambio se cita comúnmente así:

— Señor Churchill, está usted borracho.
— Y usted, Lady Astor, es horrible. Pero yo mañana ya estaré sobrio.

La frase en sí es legendaria porque muchos la atribuyen a un intercambio entre ambos mitos políticos, mientras otros tantos dicen que fue, en realidad, un breve buleo amoroso entre Winston y Peggy, su mujer. Como sea, Churchill murió siendo un bebedor empedernido. Era tal su consumo de whisky, champaña y brandy al final de su vida, que volvió famosa la expresión de que el alcohol por sus propiedades “era en realidad lo mismo que el alimento”.

Y para él lo era. Según la leyenda, al final de su vida Churchill bebía dos botellas de champaña, media de brandy y media de whiskey en el transcurso de un día. Levantándose a diario con un delicioso baño de escocés en las rocas.

Bebió, pues, como vivió: con el ahínco, el exceso y el genio de uno de los hombres más grandes de la historia.