La etiqueta negra de Blade Runner

¿Qué pasaría si mañana despertáramos y nos diéramos cuenta de que todos nuestros recuerdos han sido implantados y que no sabemos quienes somos? Así fue mi primer contacto con el universo distópico noir ciberpunk de Blade Runner, en 1992 gracias a un VHS donde vi el Director’s Cut (una edición posterior al estreno de 1982) durante mi adolescencia. Y desde hace dos décadas me sorprendieron muchas cosas del filme, entre ellas las bebidas favoritas de los personajes.

Blade Runner —título extraído de una novela de ciencia ficción de William Burroughs— trata de un apocalíptico 2019 cuyo paisaje cotidiano está sepultado entre la contaminación impenetrable y enormes rascacielos. Ciudades multiculturales, superpobladas, con los asiáticos y sus influencias en ventaja, hablando una interlingua poco comprensible. Un futuro en que la colonización de otros mundos se ha convertido en algo habitual y la tecnología permite la producción de androides fabricados para subordinarse, con un diseño genético y capacidades físicas e intelectuales muy superiores a las del humano promedio. Estos seres dotados de libre albedrío fácilmente pueden detornar brotes subversivos, y es ahí en dónde encaja la figura de un cazador de replicantes: un Blade Runner.

Por aquellos años, mis amigos y yo disfrutábamos del film noir y sus femmes fatales, de escuchar jazz, de portar novelas negras de escritores de poca monta en los bolsillos y de responder a las afrentas parafraseando a poetas malditos, y también tomar whisky straight era una obligación. La torre de Babel existencialista ideada por Philil K. Dick en su novela Do Androids Dream of Electric Sheep?, en conjunto con la visión futurista prodigiosa de Ridley para adaptarla al cine, nos resultaba el pretexto perfecto para hacer dos de las cosas que más disfrutábamos: discutir y beber.

Siempre había alguien que aterrizaba en un punto mundano pero digno de mencionar, la botella de Johnnie Walker Black Label de cortes geométricos marcados que el jefe de la policía colocaba sobre su escritorio cuando servía un trago a Deckard en la comandancia. Entonces entre el grupo de amigos el código era sólo uno, si bebíamos debía de ser whisky. Ninguno de nosotros entendía de calidades, de materias primas, mucho menos de destilaciones, nos las arreglábamos como podíamos para conseguir cualquier botella barata de scotch e íbamos por la vida creyendo que el whisky tenía que ser dulce, cáustico y violento.

Los primeros acercamientos reales al whisky de una mejor calidad con humo de turba fueron justamente con etiqueta negra mientras debatíamos si Deckard era un replicante, y se convirtió para nosotros en el whisky ideal para hablar de Blade Runner y de cualquier película o libro del género.

Más de veinte años después, muchos whiskies single malt, single grain, single cask y cask strength después, y alejado de aquellas poses, me he acercado de nueva cuenta a la secuela de la misma película con un par de tragos de Ardbeg para respirar en la misma atmósfera.

Blade Runner 2049 es una apuesta interesante y arriesgada por revivir al filme de culto de la mano de Harrison Ford, (quien hizo la primera película contra su voluntad y con ello logró un personaje elemental lleno de enojo y apatía) retomando el personaje de Deckard, y K (Ryan Gosling), un androide de última generación que hace las veces de Blade Runner con una novia holograma.

Más allá de las consideraciones filosóficas y estéticas de la película —sin pretender caer en una polémica estéril en relación a si Deckard es un replicante—, resulta interesante la asociación entre los replicantes y lo que beben. Harrison Ford, en la vida cotidiana, acostumbra a tomar Bruichladdich Islay Single Malt. Y podrían haber usado un Islay profundo y complejo para asociarlo a Deckard, sin embargo, a lo largo de ambas películas los personajes toman habitualmente un destilado parecido a vodka presumiblemente de origen asiático (o podrían haber recurrido al whisky japonés).

En la primera película, el whisky aparece cuando lo ofrece el jefe de la policía a Deckard, y —en la secuela— cuando el propio Deckard (humano o no) se lo ofrece al replicante K, en Las Vegas. Sin embargo, considerando que tenía a su disposición todo el whisky de Las Vegas, o por lo menos, el stock de alcohol de un casino completo, continúa tomando Black Label, el mismo blended scotch de la primera entrega.

La apuesta vino acompañada —por fin— de una edición limitada de Johnnie Walker Black Label con la misma botella de la primera película y el sobrenombre de Director’s Cut (haciendo burla a la edición de Blade Runner lanzada en 1992 con el mismo nombre, sin consentimiento de Ridley Scott). Este blended no ostenta declaración de edad, tiene una carga más alta de turba y una riqueza alcohólica de 49 % en volumen de alcohol, en un claro guiño a la temporalidad que contextualiza a la secuela. Resulta interesante por dos ángulos: el primero que la visión del director Denis Villeneuve empata con el whisky, y segundo, es un gusto para quienes siempre quisimos servirnos un trago del futuro.