Jim Morrison y la canción de Alabama

Si pensáramos en una canción que hiciera referencia directa al whiskey, la gran mayoría de nosotros tendría una respuesta inmediata. Se incluye en ese clásico californiano de finales de los sesenta, despreciado como pocos hoy en día por la dudosa calidad de sus fanáticos contemporáneos pero, hay que decirlo, un clásico de todas maneras: el debut homónimo de The Doors. La canción es “Alabama Song” y, como paréntesis titular, dice: “Whiskey Bar”.

La autoría estuvo a cargo de la dupla número uno en el mundo del teatro fantástico socialista de principios de siglo XX, quizá también la única dupla de ese nicho tan específico: Bertold Brecht y Kurt Weill. El primero, forjador de teorías e ideas escénicas tan influyentes en el mundo de los escenarios que no sería extraño llamarle el padre del teatro moderno.

El segundo, Weill, eterno colaborador musical y paisano alemán de Brecht, viajó a Estados Unidos tras la guerra. Fue entonces cuando tradujo muchas de las canciones que había trabajado para obras de Bertold, todas muy socialistas, utópicas y dignas de nuestros estereotipos teutones de la época, y convirtió una pieza vieja en la “Canción de Alabama”, también traducida como “Moon of Alabama” o “Moon Over Alabama”.

Como toda la música de Weill, el imaginario de Brecht y la estética general de la República de Weimar (periodo histórico alemán donde produjeron la gran parte de su obra), la idea de lo juguetón y lo grotesco, francamente decadente, era el motor creativo general. No es casualidad que, en sus grabaciones originales, “Alabama Song” incluyera coros aterradores, una violencia penetrante y sutil y un humor de esos que deberían de dar risa pero, en realidad, sacan un poco de quicio.

Es por su carácter aterrador y desagradable que Jim Morrison, un pretencioso seguidor de los infantes terribles franceses y las vanguardias europeas, se fascinó por la canción. Quizá tuvo que ver también el hecho de que los Doors fueran la gran banda en su momento del bar Whisky A Go Go, centro neurálgico del rock gringo de los sesentas. Una especie de proto-CBGB’s, para que se contextualicen los millennials.

Su versión, infinitamente más melodiosa y entonable que las de Weill antes grabadas, se convirtió en un referente de ese primer disco, al que ya tildamos como “clásico” hasta la necedad.

Aquí su versión:

Interesante que Morrison no haya cambiado nada, y le haya dado una connotación mucho menos agresiva que la que seguro buscaba originalmente.

Porque el viejo Jim era un tanto agresivo. Un tipo convencido de la maldad.