De copas por Coyoacán

Hay quienes conocen un barrio a través de su arquitectura. Otros por los sucesos que ahora forman parte de la historia del lugar, de la ciudad y del país. Unos más por los personajes que ahí habitaron así como por sus residentes contemporáneos cuyo trabajo enriquece la zona. Pero todo eso queda incompleto si no se prueba el barrio.

Así podemos conocer Coyoacán, por ejemplo, ahí donde Frida Kahlo y su simpatía por el comunismo perdieron la batalla y ahora su rostro es sobreexplotado comercialmente; donde el arcoíris se instala en las cabelleras coloridas de hombres y mujeres; donde uno se entera que es compa de vendedores de flores y músicos urbanos cuando escucha un “amigo, ¿me compras un ramito de rosas para tu novia?”, “amigo, ¿te toco una canción para ti y tu chica?”. Y también donde son tan incluyentes que hasta un perro golden retriever tiene el mismo nombre cualquiera de nosotros. Solo que él sí tiene pedigrí.

En medio de la caminata, hay que internarse a un sitio como el Quetacoatl, que ha dejado de ser un localito de barriada donde hace 14 años se comía tacos de bistec, quesadillas y gorditas con chela por unos cuantos pesos, para convertirse poco a poco en un bar con tragos coquetos y algo de comida. Puede que uno entre con la intención de tomar un solo trago, cumpla el cometido y al pagar la cuenta se entere que ese día el shot está a mitad de precio y que con menos de 30 pesos puede beber dos cocteles de colores brillantes.

El “Queta”, como le llaman sus meseros, es un rincón con alma de chavorruco que queda expuesta en su rock de los 90 y la década del 2000. Uno puede ir en plan tranquilo, instalarse en la terraza —con arbolitos que impiden deleitarse la vista con la clínica del Seguro Social de enfrente—, pedir un whisky, o un par si es día de 2×1, y pasar la tarde en la charla eterna para enderezar este mundo. O ya enfiestados bajar a su área de bar, tan noventera con esa luz negra, y seguir con más whisky o probar los cocteles con mezcal y otros aguardientes. Llegará el momento en que uno caiga en cuenta que la cabeza de serpiente emplumada del dios Quetzalcóatl sale de la pared y mira a todos lo bebedores.

Fuera del “Queta” hay que caminar un par de calles, hacia Churubusco, hacer una parada en el templo de San Juan Bautista y tratar de buscar en uno de sus muros exteriores la silueta de la Virgen de Guadalupe, que los viejos habitantes de Coyoacán aseguran se formó por una mancha de humedad. Si uno no la encuentra entonces hay que ir a la Cervecería El Frontón, muy cerca de ahí, beber un whisky y regresar. Igual así uno lograr encontrar la aparición.

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La cervecería Frontón 1946 es la cantina con la licencia más antigua en Coyoacán. Es una vieja cueva que abrió, como lo dice su nombre, en 1946, en la que uno puede sentarse junto a la ventana, pedir un trago e imaginar las leyendas urbanas que de ahí han surgido. Cuenta Eduardo García, actual gerente de la cantina, que Emilio “El Indio” Fernández era un cliente constante. No es difícil imaginarlo bebiendo caballitos de tequila y, rumoran, conquistando a mujeres. O mirar a Frida Kahlo salir de la casa de enfrente donde, se dice, tenía su taller antes de casarse con Diego Rivera, ingresar a la cantina, ubicarse en una de las mesas de un rincón y calmar la sed con mezcal.

Probablemente la pintora ahí también bebió algunos pulques, pues durante un tiempo el local ofreció esa bebida. No existen fotografías que muestren a Frida en el lugar, pero eso no importa. La leyenda urbana ya está plasmada en dos murales, que simulan ser grabados, realizados en 2016 por la artista Triana Parera. En uno Frida bebe de una botella, en el otro Diego perece sonreírle a un alebrije que le ofrece mezcal.

Lo que no es leyenda es que el Frontón desde hace dos años se ha convertido en un espacio para el jazz. Los jueves hay música en vivo con los principales representantes de esta escena en el país, como Israel Cupich, Agustín Bernal, Diego Maroto y Armando Cruz, por mencionar a algunos.

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Todo barrio antiguo chilango que se respete debe tener una pulquería. En Coyoacán, prácticamente en la periferia del pueblo histórico, está Los Paseos de Santa Anita, una de las más antiguas de la Ciudad de México. Con 90 años es la única que queda en la zona. Una sobreviviente. Ahí don Noé es el alma y jicarero de la pulquería. Sus más de 60 años en el negocio lo convierten en un maestro pulquero.

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Aquí el pulque se toma mejor en la barra, no porque en las mesas sea mala la convivencia, sino porque a través de la plática con don Noé y un vaso grande de curado de apio escarchados con limón y sal, uno aprende los secretos del buen pulque.

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Coyoacán hay que caminarlo, olerlo, escucharlo, comerlo y, por supuesto, beberlo. Los lugares donde uno se pierde entre destilados y fermentados son otra forma de encontrar la identidad de ese barrio y esta ciudad.

Dónde:
Quetacoatl: Presidente Carranza 95, colonia Del Carmen.
Frontón 1946: Aguayo 49B, colonia Del Carmen.
Los Paseos de Santa Anita: Centenario 128, colonia Del Carmen.

Foto de portada de Cristian Córdova en Flickr.

Fotos del artículo de Memo Bautista.

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