Para beber whisky no hay reglas

Se habla de que hay un perfect serve a la hora de beber destilados, pero la realidad es que no hay ninguna regla escrita. Mientras en Escocia es omnipresente el vaso corto de scotch servido derecho o con un poco de agua, en Europa continental los bares sirven docenas de vasos altos con mucho hielo, scotch y Coca Cola.

En Tokio está el mizawari: whisky japonés —llamado mizunara—servido con una buena dosis de agua; en México el campechano de refresco de manzana con teahuacán es el estándar en las fiestas de vaso rojo y en Shanghái lo toman con hielo y té verde. Luego están los cientos de cocteles que se inventan todos los días.

¿Quién tiene la razón? Todos. El gusto individual prevalece por encima de toda regla.

El mito de que el whisky se toma rigurosamente derecho y en vaso old fashioned viene de un afán por sofisticar innecesariamente las cosas; una tendencia que puede ser considerada caduca, de la era de cuando la idea del refinamiento consistía en solo tomar vino tinto y quesos franceses.

Agregar agua al whisky, por ejemplo, es una de las mejores ideas para apreciar su complejidad (más si utilizas aguas específicas que intensifican o disminuyen los sabores). Es como ir de fin de semana a una cabaña en el bosque y salir cuando acaba de terminar de llover. En el aire todos los olores están presentes: las hojas, la tierra, las flores, la humedad de los árboles. El dominio de los blended whiskies convive perfectamente con esta manera de beberlos.

Y es que el agua ayuda a revelar su personalidad. Pasa exactamente lo mismo con todos los aromas y sabores que están atrapados en un whisky: se despiertan. Los maestros whiskeros normalmente lo prueban en una combinación 50-50, pero porque están buscando específicamente los aromas. Si lo quieres probar así, es mejor intentar con dos partes de whisky por una parte de agua.

Y cuando se trata de beber el whisky solo, derecho, straight, neat. Hay algunos whiskies que bien vale la pena tomarlos así, tal es el caso de las ediciones limitadas o los muy añejados. Pues por la forma en la que fueron madurados, tienen una estructura que no vale la pena destruir con agua o ningún otro mezclador. Ni siquiera pensar en ponerles hielo. Pero si quieres probar algo inteligente, sírvete otro vaso con agua helada como acompañante. Primero, un trago al agua fría y después uno al whisky. La combinación sucede en la boca y los aromas y sabores explotan.

Por último está el tema del hielo. No es que esté mal utilizarlo, solo hace a un whisky mucho más suave y ligero. Cuando te golpeas, te recomiendan ponerte hielo. Es porque desinflama, sí, pero también porque adormece y el dolor se siente menos. En la lengua pasa lo mismo con las cosas frías: saben menos, se sienten más sutiles y por lo tanto más agradables. No hay que perder de vista que el hielo también diluye y, que si es mucho hielo, después de un rato vas a tener en tu vaso un trago aguado.

Una forma de solucionarlo es pedirlo up, o straight up, que básicamente consiste en enfriar primero el whisky en un shaker y servirlo sin los hielos en el vaso. Recientemente también hay hielos con exceso de dimensiones, que es una esfera grande de hielo sólido, que va enfriando el trago gradualmente conforme se derrite.

Para mezclarlo, se debe considerar hacer buenas combinaciones de los sabores. Las notas básicas que van muy bien con los whiskies son las cítricas y otras frescas, como las encontradas en el jengibre. Vale la pena pensar en un balance en tres puntos: lo ácido, lo dulce y la complejidad del whisky. Cocteles como el whisky sour son un ejemplo de algo muy sencillo que encuentra este equilibrio.