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¿Por qué son diferentes las botellas según la marca de whisky?

Las botellas de whisky son más que un contenedor, muchas guardan historias o tienen una lógica detrás

Por Carlos Espinoza

A pesar de que la botella de vidrio tiene más de tres mil quinientos años siendo utilizada para almacenar diversos líquidos que van desde vino, perfumes, vinagres o refrescos, no podemos hablar de botellas fabricadas especialmente para comercializar whisky hasta el siglo XIX. Éstas se comenzaron a producir en serie, primero mediante moldes, después con máquinas automatizadas, lo que garantizaba la uniformidad de cada una de las piezas, tanto en estilo como en capacidad, permitiendo a los productores rotular las mismas con marcas comerciales.

Esta época coincide con la figura de un hombre visionario, Alexander Walker, quien en 1865 crearía, tras la muerte de su padre John Walker, uno de los blended scotch más emblemáticos de la historia del whisky, Walker’s Old Highland conocido ahora como Black Label. Alexander no sólo diseñó la mezcla, sino que creo una botella especifica con el afán de que su forma cuadrada provocara menos rupturas cuando el destilado viajara en barcos, y a la par lograr que cupieran más botellas en un mismo embarque. La famosa botella cuadrada se convirtió así en un distintivo de la marca Johnnie Walker, además su etiqueta colocada en un ángulo de 24 grados que facilita la visibilidad del texto permitiendo un mayor tamaño en la tipografía. Sin lugar a dudas fue uno de los grandes aciertos en la historia del marketing del whisky escocés.

Un caso similar es la de Glenfiddich Single Malt, una de las maltas más populares del mundo. Sandy Grant ideó la botella triangular que conocemos en la actualidad porque era más fácil de apilar y más difícil de romper en las travesías por barco, o la del propio Johnnie Walker Swing, un whisky NAS cuya botella fue inspirada como un homenaje a los viajes de lujo de los años 30’s y cuyo diseño, con fondo convexo a manera de balancín, le permite mantenerse en pie pese a ser empujada o inclinada como ocurriría con la marea en los barcos.

Sin embargo, no todos los diseños han estado ligados a la practicidad de almacenar y transportar el preciado líquido a todos los rincones del mundo. Por ejemplo, Old Pulteney Single Malt muestra en la parte superior de sus botellas los peculiares alambiques necesarios para su producción. La destilería de Highland fundada por James Henderson en 1826, que suele tener matices salinos por su cercanía a la costa, posee un par de alambiques de cobre con boiling balls (esferas de ebullición) inusualmente grandes, lo que genera un reflujo más intenso dentro y genera whiskies más aromáticos, y, por supuesto, eso es un orgullo que presumen en sus botellas.

La propiedad intelectual de trescientos sesenta grados parece ser crucial en las industrias, esto se ha reflejado, en el caso de las botellas, en algo un poco curioso, el de la propiedad intelectual táctil. La conocida botella cuadrada y craquelada de Old Parr Blended Scotch Whisky usa esta protección. Old Parr contiene una mezcla de maltas provenientes de la clásica Cragganmore y rinde un homenaje de cristal a las botellas utilizadas en el siglo XV, época de Thomas Parr —quien se dice vivió más de 150 años—, y que es descrita en su registro con toda precisión: “Apariencia craquelada, cuarteada o resquebrajada, creada a partir de la aglomeración de formas geométricas irregulares que incluyen en su mayoría, pentágonos, romboides y hexágonos, cuyos lados o segmentos de línea miden entre 3 y 6 milímetros de longitud, entre 0,08 y 0,5 milímetros de altura y entre 0,1 y 1 milímetros de grosor”... quizás el más claro ejemplo de la relevancia dada a las formas de las botellas como símbolo de diferenciación.

Podríamos continuar desmenuzando cientos de historias, lo cierto es que hoy la botella es el primer contacto con el consumidor y el primer vehículo de un marketing bien dirigido. Hay unas que optan por el lujo, algunas con cierto grado de buen gusto, mientras que otras rayan en lo kitsch y se venden a precios altos, en ocasiones olvidándose de la calidad del destilado —que desde mi punto de vista debería ser lo más importante—, pero que mueven millones de dólares entre algunos coleccionistas. En cambio, hay otras que detrás de su sencillez guardan líquidos sumamente preciados y por ende costosos, y se venden por miles o hasta millones de dólares entre los consumidores más especializados.

Este año la botella más cara fue un Macallan Single Malt 1926 de 60 años, vendida en subasta por poco más de 1.1 millones de dólares. Su valor es la historia y su contenido. Por otro lado, era una botella estándar de vidrio translúcido y etiquetado típico, nada de adornos, solo un buen whisky.

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