Bebop, whisky y benzedrina: La era de oro del jazz

“Vagamos y vagamos sin dejar corazones rotos”.
Allen Ginsberg

Despertar entre sonidos estridentes de una trompeta casi cósmica que hinchaba las mejillas de un tipo negro que daría la vida por su querida esposa entre andrajos de la decadencia neoyorquina. Así fue el nacimiento del mejor jazz jamás hecho.

Corrían los años 40; la tensión mundial se centraba en un dictador con pocos estribos y medio planeta quería terminar con él. La prohibición del alcohol tenía tiempo de haber terminado, un grupo de jóvenes con ganas de comerse al mundo de un solo bocado vivían al filo de sus emociones, que en su mayor parte eran incitadas por litros de whisky y jalones de benzedrina.

En su afán de extender sus conocimientos tanto intelectuales como sensoriales, les gustaba experimentar nuevas formas de vida, dejando atrás los fantasmas de sus padres y abuelos, que seguían teniendo gran peso en la sociedad y en la moral en turno. Era más que necesario sacudir el viejo imaginario en el cual vivían. Así pues, dejaron los alejandrinos y pasaron a los versos libres, dejaron los compases armónicos del swing y los sonidos campiranos del hillbilly, para dar entrada a la nueva vanguardia.

Monroe’s y Minton’s fueron los sitios elegidos para desvelar a los sombríos músicos en jam sessions, mientras iba pasando el tiempo y las grandes nuevas figuras del jazz formaban séquitos de seguidores, cada día más sedientos de sonidos voraces y tragos sin fondo.

Así, el mítico Charlie Parker saltó a escena, con apenas dos décadas bien o mal vividas, llegó como un gancho al hígado de la sociedad neoyorquina, si bien estaba abierta a nuevas propuestas, no lograron comprender del todo el discordante susurro que producía su saxofón, creando así tendencia entre los jóvenes de la época.